sábado, 15 de agosto de 2015

DE LA INFANCIA Y OTROS OLORES O LAS CASAS DE MI INFANCIA.


LA CASA DE CAMPO


La casa de campo huele a Navidad, fiesta, charcos, tomateras, animales y aromas propios de la libertad. 

La casa de campo era una prolongación de la casa del prócer, los abuelos maternos unos día acá, otros allá, la gran familia de un lugar a otro, habitando dos mansiones a la vez.

En la finca veo al abuelo desgranando maíz y acariciando los fríjoles; la abuela hacía el chocolate y lo servía en la mesa. La cocina, la reina de los sabores era el espacio del encuentro, por una de sus ventanitas se vía la cima de la montaña, por la otra la pieza de atrás, donde se veían las altas vigas de donde colgaba el maíz.

Siempre me asustaban  los cocuyos, no salía sola al patio mientras estuviera oscuro, temía a los rayos de luz que entraban a la casa por ese pequeño hueco de la ventana, no sabía de qué se trataba y pensaba que tal vez era un extraño visitante o un espanto; siempre quise atraparla y al intentarlo se perdía entre mis dedos. También creía en los seres del más allá y el más acá.

De la habitación principal recuerdo el armario de tiempos lejanos, con acabados majestuosos y los grandes cajones que nunca pude hurgar muy a pesar de mis deseos.

Al amanecer y después de una noche de lluvia, el aroma de los árboles se hacía intenso. Cuando el frío se adhería a nuestra piel, el sol se abría paso y desgarrando el recuerdo de la noche, secaba las pencas y los juncos que aún guardaban en su vientre pequeñas gotas de agua.

El bramido de las vacas despejaba el vapor matutino y el olor de la leche recién ordeñaba anunciaba un hermoso día. Cerca se escuchaba la canción del pilón y la maceta ciñendo los granos de maíz a la madera, los tomates se desprendían y regados en el huerto esperaban que una boca los anidara.

Cuando comenzaba a oscurecer cerrábamos las puertas, prendíamos las velas y en un profundo silencio, nos acostábamos a dormir a la espera de ser despertados al amanecer por el saludo de una vaca.

A veces bajábamos al estanque, rodábamos en cartones o simplemente dábamos volteretas girando sobre la grama y llegábamos hasta allí sin un rasguño. La abuela lavaba la ropa en la piedra mientras nosotros nos tirábamos el agua recogida y tomábamos el baño matutino junto a la quebrada donde los caballos se refrescaban y mojaban sus crines con ayuda del abuelo, de allí brotaba agua cristalina así como brotan los recuerdos mientras escribo. El árbol de largas y anchos brazos sombreaba la quebrada donde reposaban las aves y en la orilla, los sueños de nuestra infancia.

Solíamos tirar piedras al agua solo por el placer de verlas rebotar, hacer hondas e irse envueltas entre las  corrientes;  corríamos tras ellas pero nunca las podíamos alcanzar, fue un desafío constante.

 Aún recuerdo aquella tarde cuando mi hermana y yo jugábamos a nadar en aquella alberca donde tan solo cabía nuestra niñez y en un instante nos hicimos una en el agua recogida, nos sumergimos afanosamente para dejar el caballo que decidió volar por encima de nosotras, como Pegaso rozando con sus alas nuestro temor mientras arropadas por nuestro pánico veíamos cómo casi nos acariciaba.

En aquellos tiempos acostumbraba tenderme sobre el verde pastizal y sentir la hierba merodeando mi cuello; lo hago siempre que puedo. Ahora el olor del pasto recién cortado me invade y recuerdo cómo después de ser amontonado junto a los troncos y atados de leña, los pájaros bajaban en busca de alimento y nuevas razones para volver.

Ese olor intenso palpita en mí más que nunca y me busco sobre el musgo, entre las hojas en el suelo disecadas como un pequeño otoño; el tiempo no da espera.

De mis primero años en esta casa guardo en la piel el olor de la leña extendida en la grama y su crujir cuando se juntaban con el fuego. Nunca olvidaré los senderos tapizados por las flores de siete cueros y el anís redimiendo mi olfato.

Siempre recordaré el color rosa de las puertas, de cada ventana; cada zócalo quedaré gravado en mi memoria.

El campo me dotó de largos silencios, las visitas al panal que crecía en otros muros, era frecuente; la miel se derretía y el naranjo abría sus puertas para endulzar nuestras mañanas, las plataneras abrigaban con sus verdes hojas el paso de la tarde. 


El campo donó a mi niñez el olor de las frutas maduras, el viento frío, el sol, los arreboles, el contorno de la luna, el color de los siete cueros, el silencio entrañable y la desnudez. Vivirá en mí el canto de las ranas, el reclamo de las luciérnagas, los grillos hasta que muera.


Tomado de: VECINDARIOS

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