sábado, 15 de agosto de 2015

Primera parte. De las casas de mi infancia. VECINDARIOS.




Hablar de las casas de mi infancia me produce gran nostalgia, aunque tenga de ellas los mejores recuerdos.  Cerrar los ojos me permite viajar, adentrarme en ellas, recorrerlas como si fuera ayer pese al tiempo que ha pasado; escuchar las voces, ver a los abuelos y reproducir algunas andanzas que aún permaneces plegadas en el alma.

Las casas de mi infancia guardan un olor especial; es difícil recordar cada uno,  pero en un intento por revivir mi niñez, llega el hervor de las legumbres expandiéndose por todo el lugar y desde luego el olor de la avena caliente con canela.

Tuve varias casas, una de ellas era grande, con misteriosos zaguanes y pasadizos, puertas grises y anchas que se cerraban con candados, era la casa de los abuelos maternos, pero ahora  la defino como la casa del prócer.

La otra casa será recordada por sus cortinas, la gran ventana que daba a la calle por donde se veía pasar la vida, los rosales de la abuela y las historias que quedaron en sus rincones. Era la casa de los abuelos paternos.

La tercera de ellas era la casa de campo, la casa de todos, de los diferentes verdes a los cuales mi mamá hacía referencia hace algunos años. Era la casa de las navidades, del encuentro, las familias, los árboles y los caballos.



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