martes, 1 de septiembre de 2015

Aparte de: A MANERA DE INVITACIÓN


Vivir la literatura es una acción que nos une y nos acerca más a la tierra y a los sabores del mundo circundante, sin límites ni medidas. 

En medio de este abrazo infinito, el escritor predice la muerte, el poeta nos desfigura con sus versos hasta caer rendidos y nos envuelve en su manto arrullador. Es inevitable ignorar este olor gratificante que se riega por los aires de un amanecer a principios de siglo.  La idea de volver atrás, recitar viejos poemas junto al café y embriagarnos de música, es tal vez la reafirmación de nuestras remotas y nuevas compañías.

No podemos desconocer el perfume del encanto y renunciar a las frases que se juntan bajo un árbol de dudas y alegrías.  Es oportuno enderezar nuestra mirada y volver a las hadas, los duendes, los hombres de la selva y de los montes hombres que se posan junto a las ventanas, princesas de tiempos lejanos que visitan nuestros cuartos y príncipes que vienen con los labios frescos para besar la tarde.

Todo es posible porque desde pequeños y por siempre hemos sabido de las manzanas, los cabellos dorados, las noches tormentosas, los espejos que hablan, los seres del bosque y las zapatillas luminosas.  Es hora de recobrar el mejor sabor, las mieles de la niñez, el maravillarse sin miedo, sin que sea tarde.

Este, amigo mío, es un llamado a la lectura de pasajes hasta ahora irreconocidos, abandonados abruptamente en hojas sueltas y olvidadas, revivir los encuentros de otros días, pintar de nuevo castillos y explorar mares, vestir los trajes con lentejuelas y canutillos, morder aquella manzana y quedar dormidos sobre la estepa.

Esta es una invitación al disfrute de lo poco, de lo mucho, de los cuentos que abogan por nuevos capítulos de un libro abierto y ponderoso, lleno de sabiduría y expresión creativa;  una invitación a la exploración de nuevos lenguajes conforme a los deseos de nuevas y antiguas generaciones.


Releamos esta historia de guerreros, defensores de la tierra prometida, bienhechores, sembradores constantes y granjeros en el campo de las palabras, que con sus manos grandes, virtuosas y llenas de alfabetos dan a luz frescos cantares,  hombres y mujeres que se deshacen entre lenguas, versos y enigmas para secundar sus acciones y mudanzas.

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