jueves, 17 de septiembre de 2015

POCOS DE: A MANERA DE INVITACIÓN

La palabra es un  milagro y poderla pronunciar es la reivindicación del hombre con la historia y la vida, esta última entendida como ese breve espacio de tiempo que tenemos para recrear las figuras y los encuentros.





Deletrear pasajes, hurgar en la memoria, caminar entre destellos de luz, emular los cantos de las aves y nacer con cada aurora, es una forma de reconocernos como navegantes en este gran mar de posibilidades; de esta manera, surge la idea de decir o repetir las cosas que volaron hacia otros tiempos y sin embargo se extrañan.


El ser humano muchas veces es sorprendido por una ola de desmesura y visiones que le otorga la vida como muestra de aceptación; así es como en algunas personas se siembra la idea de escribir una historia donde se recojan en una sola voz, todos los sentires, pesares y pensares, de ahí que cuando leemos, nos estemos untando de placeres ajenos, misterios de otras tierras y caudales infinitos.


Para que el planeta sea tranquilamente habitado es necesario que todo ser humano se sienta testigo de cada movimiento instantáneo o eterno; asimismo se haría acreedor de un espacio en la historia del mundo.

Encontramos testigos en cada esquina, seres que se aprenden de memoria los pasos del desorden, la decadencia, los amores, los haberes perdidos, los sueños y las fachadas del mendigo, la mujer que sale y entra, el hombre que deambula por un territorio desconocido;  seres de diferentes tallas, aciertos y desaciertos que se unen para engrandecer la existencia.  Cuando abrimos un libro, hacemos un homenaje a los menesteres cotidianos y a quienes se renuevan en ellos.  Siempre que leemos estamos recordando testimonios, por esto insisto en la lectura como camino de retorno y elevación del alma.

Ahora puedo decir con seguridad que la literatura es la posibilidad de trascender el conocimiento que por muchas situaciones no hemos podido abarcar,  es la aproximación al juego de las palabras, las historias de vida y los acontecimientos del individuo dentro de una colectividad.  El encanto de la literatura reside entonces en la unión de los testimonios y en la capacidad para atestiguar.

Vivir la literatura es una acción que nos une y nos acerca más a la tierra y a los sabores del mundo circundante, sin límites ni medidas.  Realizando este acto de fe, es como sembramos en nuestros niños y jóvenes el amor por las letras que ruedan por los cabellos de los libros como si quisieran ser peinadas.  Para hablar de proezas y amantes, tenemos que contar con este tiempo que el hombre desconoce y sin embargo es poco, pero si existe el deseo es maravilloso traspasar el horizonte, no importa que nos incorpore por completo y es cuando procedemos a transportar nuestras batallas y hazañas en el maletín donde llevamos puesto el corazón, hasta llegar al lugar de siempre; allí fácilmente, nos acomodamos y con una voz suave y sutil, emprendemos el viaje hacia lo latente, lo oculto, lo insólito y elementalmente mágico, despertando así la curiosidad y el encanto de unos seres que sólo quieren palmotear la historia.






En medio de este abrazo infinito, el escritor predice la muerte, el poeta nos desfigura con sus versos hasta caer rendidos y nos envuelve en su manto arrullador. Es inevitable ignorar este olor gratificante que se riega por los aires de un amanecer a principios de siglo.  La idea de volver atrás, recitar viejos poemas junto al café y embriagarnos de música, es tal vez la reafirmación de nuestras remotas y nuevas compañías.

No podemos desconocer el perfume del encanto y renunciar a las frases que se juntan bajo un árbol de dudas y alegrías.  Es oportuno enderezar nuestra mirada y volver a las hadas, los duendes, los hombres de la selva y de los montes hombres que se posan junto a las ventanas, princesas de tiempos lejanos que visitan nuestros cuartos y príncipes que vienen con los labios frescos para besar la tarde.

Todo es posible porque desde pequeños y por siempre hemos sabido de las manzanas, los cabellos dorados, las noches tormentosas, los espejos que hablan, los seres del bosque y las zapatillas luminosas.  Es hora de recobrar el mejor sabor, las mieles de la niñez, el maravillarse sin miedo, sin que sea tarde.

Este, amigo mío, es un llamado a la lectura de pasajes hasta ahora irreconocidos, abandonados abruptamente en hojas sueltas y olvidadas, revivir los encuentros de otros días, pintar de nuevo castillos y explorar mares, vestir los trajes con lentejuelas y canutillos, morder aquella manzana y quedar dormidos sobre la estepa.

No hay que alterar el brillo original de las estrellas, cegando los ojos ligeros de nuestros niños y jóvenes para evitar que aprecien la profundidad del universo, negando al mismo tiempo la caricia de una buena lectura, un libro profético o una historia fructífera, para así enriquecer la experiencia humana.  Es el momento para abrirnos y crear discursos de amor y lúdica  para nuestros pequeños y audaces lectores y entre tanto, se hagan mejores seres humanos.

Esta es una invitación al disfrute de lo poco, de lo mucho, de los cuentos que abogan por nuevos capítulos de un libro abierto y ponderoso, lleno de sabiduría y expresión creativa;  una invitación a la exploración de nuevos lenguajes conforme a los deseos de nuevas y antiguas generaciones.

Releamos esta historia de guerreros, defensores de la tierra prometida, bienhechores, sembradores constantes y granjeros en el campo de las palabras, que con sus manos grandes, virtuosas y llenas de alfabetos dan a luz frescos cantares,  hombres y mujeres que se deshacen entre lenguas, versos y enigmas para secundar sus acciones y mudanzas.


El primer paso es creer, ser amigos de los libros para formar niños y jóvenes amigos de la lectura y recrearnos en el devenir de la historia, disfrutando del espacio y el tiempo.  Cuando descubramos el trasfondo en cada ofrenda guardada entre líneas y vivenciemos la palabra como obra y regalo para unir culturas alienadas y paraísos extraviados, nuestros niños creerán lo que decimos.

De otra parte, es necesario que en el mundo se rediseñen los senderos que conducen hacia la libertad, comprender que nuestros muchachos desde muy pequeños, hacen una lectura de su historia personal y la de sus primeros amores; retoñan a pasos agigantados y participan de un juego que se traza desde la invención de normas, placeres y añoranzas, hasta la formación de criterios frente a la sociedad y la saciedad.  Todo esto hace que se hagan merecedores de un patrimonio universal.  Niños que llegan a la escuela haciendo una interpretación de los acontecimientos y cataclismos que deambulan frente a sus ojos y sin embargo, son tratados como si no supieran deletrear los sueños que desde pequeños han arrullado.


Abrazamos pequeños seres que se interrogan y reclaman un momento para la divergencia, el diálogo y la ensoñación; jóvenes que hacen una lectura clara de los hechos y el azar.  Llegan a nuestros colegios niños visionarios, futuristas y grandes lectores.  Vienen a nosotros pequeños que han leído en el cuaderno de la desazón, el abandono, el hambre, la soledad y el rencor, en los cuales se ha escrito la miseria de algunos hombres, el olvido y el desconocimiento de su sangre.  Son estas lecturas las que debemos tener en cuenta antes de abrir otros libros.







Tomado de: A MANERA DE INVITACIÓN

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