miércoles, 24 de febrero de 2016

LUCERO DE LA NOCHE



LUCERO DE LA NOCHE


Hace muchos años vivió un joven emperador llamado
 Lucero de la Noche, al cual se le veía caminando por 
 los jardines de su reino, con la cara triste y muy silencioso.

Cuenta la historia que el emperador gozaba de tanta admiración 
y respeto, que casi nadie le hablaba para no interrumpir sus horas 
de reposo, pensamientos y sus labores contemplativas.  
Los niños no se le acercaban y las mujeres no lo podían mirar 
a los ojos para no cautivar su apreciable corazón, 
pues se decía que un hombre enamorado no podía gobernar.

Lucero de la Noche tenía muchas comodidades, 
pero se sentía solo y se aburría con frecuencia al no 
tener con quien jugar y hablar.

Un día hubo una gran fiesta en el reino y aprovechando 
la alegría de todos sus habitantes, ofreció los barriles de vino 
que tenía guardados para una fecha muy especial.  
Todos bebieron hasta saciar aquella noche y apenas 
pudo escapar, el emperador salió huyendo de su pueblo.

 El joven fugitivo logró internarse entre la maleza y caminando  
pudo llegar hasta la cumbre de una montaña donde pasó la noche.  
 A pesar del frío y la soledad que le proporcionaba aquel lugar, 
 el emperador no estaba triste, a decir verdad, ahora estaba más 
 acompañado que antes, sentía la presencia de los árboles, los seres de la noche y el susurro del viento y lo más importante, era un hombre libre.

Así pasó hasta el amanecer.  Los  búhos se acercaban con cuidado, los lobos aullaban a lo lejos y las hojas parecían hablar.  
Lucero de la Noche no hizo más que pensar y pensar y 
pensar en la suerte que correría su reino sin él, pero en el 
fondo de su corazón, había tranquilidad y descanso, además 
confiaba en la labor de sus súbditos y guerreros en el oficio real.

A la mañana siguiente y después de mucho caminar, 
el emperador llegó a una aldea que se encontraba muy escondida 
y allí nadie sabía de él.  Allí construyó su propia casa, pero esta 
vez ayudado por los pinos, quienes prestaban generosamente 
sus fuertes ramas, para que los hombres pudieran habitar. 

Lucero de la Noche se sentía un poco inseguro a veces, 
pero nunca pensó en volver, no cambiaría su libertad por 
todas las joyas del mundo, de otro lado, había heredado de 
sus antepasados conocimientos milenarios acerca de las 
plantas medicinales, hierbas aromáticas,
         Frutas y alimentos, que era precisamente lo que ahora 
         le ofrecía la naturaleza.

En pocos días, El joven conoció a una humilde anciana de 
la aldea, quien ignoraba por completo quién era el nuevo  
habitante, sin embargo se presentó como lo hubiera hecho con   cualquier 
ser que apareciera, como símbolo de cortesía y hospitalidad y 
viendo que no tenía nada, le regaló unas sábanas para que se 
protegiera del frío, pues solo había podido llevar consigo,  
una canasta con un poco de alimento y dos túnicas blancas.

Los días en la aldea se hicieron cada vez más familiares para 
Lucero de la Noche, quien jugaba con los niños, subía a los árboles 
y por las noches, contaba cuentos e historias de emperadores 
y reinos.  Así hablaba:

—Érase una vez un emperador que vivía triste y solo en su reino, 
porque no tenía amigos y no podía caminar descalzo por el suelo.  
El gobernante comía en grandes bandejas de plata y oro, las copas 
estaban siempre rebosantes de vino y los súbditos obedecían a 
sus mandatos. 

Los niños escuchaban sin decir nada.

—Mañana les contaré más sobre el triste emperador.
          —agregaba.

Una tarde, la anciana amiga de Lucero de la Noche se 
enfermó y envió a su hija menor a la casa del nuevo aldeano,
 como le decían, porque nadie sabía su nombre.  
La muchacha le llevó una canasta de vegetales y un frasco de miel.  
Cuando llegó, Lucero de la noche estaba regando las flores 
del pequeño jardín.

—Disculpe señor, espero no interrumpir.  —dijo. 
—No tenga cuidado, sólo estoy regando las flores. 
          —dijo.

Cuando el joven emperador miró a la enviada, quedó 
prendado de su belleza, pero conservando la distancia y el pudor, 
no hizo más que inclinarse ante ella y recibir la preciada canasta.

—Mi madre no pudo venir, está un poco enferma, pero vendrá 
mañana como de costumbre.  —agregó la joven.
—Quiero acompañarla y ver a su señora madre, tal vez yo 
pueda hacer algo por ella.  —advirtió Lucero de la noche.
—Está bien.  Vamos. 

Y se fueron caminando los dos, esta vez el gobernante seguía 
los pasos de la aldeana, rumbo a su casa.  Caminaron varios minutos, 
mientras descubrían a cada paso el agua helada y los juegos de los niños
 y los pequeños animales del bosque.

Sabemos que nuestro emperador gozaba de una vida llena de privilegios y  bienaventuranzas y aunque en el reino entero se hablaba de su ausencia, 
la historia no alcanzaba aquella aldea lejana; muchos pensaban que había sido  devorado por la noche y sus peligros.

Había que ver la cara de este hombre, para comprender la felicidad que  alcanzaba al lado de las aves, la lluvia refrescante, el olor del pino, la compañía de los niños y los demás aldeanos.

Aquella vez Lucero de la Noche llegó a la casa de la anciana y 
estuvo con ella un largo rato, le proporcionó algunas plantas 
curativas e impuso sus manos en el vientre de la enferma, 
hasta aliviar su dolor.

La noticia recorrió toda la aldea y el joven, comenzó a 
curar las enfermedades de algunos ancianos que iban a 
pedir su sanación.  Se convertía de pronto, en un hombre de 
poderes para los habitantes.  Todos recurrían a él y  en forma de 
pago y contra la voluntad de Lucero de la Noche, le daban túnicas, 
objetos curiosos, telas, frutos exóticos y joyas de gran valor.

Así, la noticia de un curandero corrió pronto por las demás aldeas, 
hasta que comenzó a llegar gente de todas partes, situación que le 
preocupó mucho al emperador, pues temía ser descubierto, entonces 
mandó llamar a la anciana y le pidió ayuda.

—Necesito que me ocultes en tu casa.  Todos deben pensar que soy 
preso de una terrible enfermedad y no puedo acudir al socorro de 
los enfermos que vienen a visitarme.  —dijo un poco asustado.
—No comprendo buen hombre por qué quiere ocultarse, pero la gente 
de nuestra aldea y las aldeas vecinas, han depositado en usted, toda la confianza.  —apuntó la anciana.
—Me ayudarás, mujer, me hablarás del dolor de los enfermos y yo te diré qué hacer.  Tú estarás en mi lugar.
—Dígame, señor, qué pasa y lo ayudaré.
—No puedes saberlo todo, confía una vez más en mí. 
          —suplicó de nuevo.

Por más que la anciana intentó conocer las razones del joven para 
ocultarse, no lo logró, de cualquier forma prometió ayudarle con 
una condición.

—Le ayudaré señor, porque creo en usted y algo me dice que debo enaltecer sus acciones, pero a cambio deberá casarse con 
mi hija Brisa. —dijo.
—¿Qué dices?  ¿Casarme yo con tu hija? 
—preguntó asustado.
—Soy una mujer vieja y pronto moriré, no quiero 
que mi hija se vea desamparada y sola.  —agregó la anciana.

Lucero de la Noche se inclinó y  le besó los pies, estaba muy feliz, 
pues eso era lo que había deseado desde el momento mismo en que había  conocido a la joven, nunca nadie lo había mirado a los ojos de tal manera y estaba profundamente enamorado.

La joven muchacha se sonrojó, estaba igualmente enamorada de 
Lucero de la Noche, aceptó las razones de su madre y por supuesto, las de su corazón.

Esa misma noche los dos jóvenes se casaron y el emperador, 
reveló por primera vez, su nombre.  Después de la íntima 
ceremonia, el recién casado se tumbó en una estera, 
se pintó la cara y tomó unas hierbas que lo hicieron sudar.  
Así que los visitantes tenían que resignarse con las atenciones de 
la anciana después de escuchar la historia de la enfermedad que 
aquejaba al sanador o como algunos lo llamaban.

Muchos incrédulos quisieron ver al curandero y al verlo tan mal, 
lo contaron a todos los aldeanos y pronto, comenzó a recibir ofrendas, flores y regalos.

Pasados algunos días, un extraño que se paseaba por allí, tocó 
a la puerta y pidió a Brisa, que lo dejara pasar, pues quería conocer 
al hombre que curaba; según él ya la historia había tocado las puertas  de su pueblo, y aseguraba que bastaría sólo una mirada para sentir alivio 
en su cuerpo, pero Brisa no lo pudo detener y entró hasta donde 
reposaba el emperador.  Cuando éste lo vio, se tapó un poco la cara y  se retorció en el piso, con el ánimo de ahuyentarlo.  
Lucero de la Noche había descubierto que el visitante era uno 
de sus ministros en el reino.

Al salir un poco conmovido, este hombre no pudo quitarse de la 
mente el rostro de aquel curandero que se revolcaba en el suelo y 
tomó su camino de regreso, pero con una gran duda.  
Sabía que sólo su emperador tenía manos prodigiosas en todo el 
reino y sólo él conocía el poder de las plantas con tanta precisión, 
era por eso que había ido en su búsqueda, con la esperanza de 
encontrarlo.

La situación que había vivido nuestro emperador, lo llevó  a 
tomar una decisión, contar toda la verdad a las mujeres.  
Estas quedaron muy sorprendidas con aquella revelación y 
en lugar de enojarse, dieron gracias por haber confiado en ellas, 
así que se inclinaron e intentaron besar sus pies, como se 
acostumbraba con un gobernante,  pero éste lo impidió. 

—Señor  —desde ahora seré su esclava, ordéneme lo que a 
bien tenga, le serviré hasta el fin.  —dijo su esposa.
—Levántate, mujer, eres mi esposa y como mi señora te he aceptado.  
No tienes que arrodillarte ante mí y no quiero una esclava, te quiero  como lo que eres ahora.  —dijo Lucero de la Noche.

Desde aquel momento, los cuidados fueron mayores y por nada del 
mundo, dejaban  ver al emperador, pero con el tiempo esta situación se tornó poco llevadera.  Los habitantes de la aldea comenzaron a 
despreciarlo y a dudar de la temible enfermedad.

Entre tanto, el extraño hombre que había pasado por aquel lugar días antes, recordó por fin la imagen de su señor y supo que la mirada 
que tanto lo inquietaba era la suya, así que decidió volver a la aldea  en su búsqueda.  Este hombre había sido siempre su servidor y 
más que eso, un amigo fiel del emperador, pero él no lo sabía.

         El servidor empacó sus maletas y sin decir nada a nadie, 
 reinició su viaje, tuvo que caminar mucho para llegar nuevamente a la aldea,  pero cuán  grande fue su sorpresa, al no encontrar ni rastros de su señor.

         Lucero de la Noche y su nueva familia habían salido huyendo 
         una noche del desprecio de la gente que no creía en su   enfermedad.  
         Ellos no comprenderían jamás las razones de su actuación, 
         pero no lo hacía por desprecio ni orgullo, sino por el temor de
        volver  al reino.

         Las situaciones parecían empeorar cada vez más. 
         Los tres viajeros comenzaron a enfermar y se vieron obligados
         a pedir posada, pero nadie se atrevía a socorrer a tres
         personas  totalmente extrañas.  
        La anciana se estaba debilitando y la joven mujer estaba 
        muy triste de ver a su madre llena de dolor.  Las fuerzas de 
        Lucero de la noche eran pocas y su salud, tampoco le permitía    hacer nada a favor de los suyos.  Por su parte hubiera preparado 
       algunas pócimas medicinales, de no ser por la desconfianza de  
       los campesinos, quienes le negaban frutos y plantas.

         El viajero que venía siguiendo el rastro del emperador, 
         logró alcanzarlos en medio de la noche, guiado por las palabras de 
         los aldeanos.  Aguardó con prudencia el momento para aparecer 
         frente a ellos, esperó también a que tomaran un poco de agua del 
         pozo y descansaran.

         El servidor del emperador tapó su cara, se acercó hasta la piedra 
         donde estaban sentados y les ofreció un poco de pan, el cual   recibieron muy agradecidos.

— ¿Quién eres tú y por qué nos ofreces pan?  —preguntó el 
emperador.  Supongo que no eres de este lugar porque aquí 
 todos nos han despreciado. 
         —Soy yo, Sereno, su fiel y callado servidor.  ¿No me reconoce? 
         —dijo el hombre.
        
         Brisa miró a su esposo, la anciana se puso de pie y Lucero de la 
        Noche, se acercó un poco más para mirarlo con su lámpara.  
        Sereno se descubrió la cara y cuando vio de quién se trataba, 
 el debilitado emperador lo abrazó y en medio de lágrimas se saludaron.

         El servidor le contó a la nueva familia las tristezas del reino y 
         todo lo que estaba sucediendo. —Mi señor, ya no es lo mismo.  
         Todos están muy tristes por su ausencia y claman por su regreso.

         —Volveremos, volveremos.  —dijo Lucero de la Noche.

         Cuando ya estuvieron más tranquilos, el servidor entregó  a su 
        señor, algunas túnicas limpias y un poco de miel, pan y vino, 
         para reanimarlos.  Juntos hablaron del regreso.  
         Aquella noche la pasaron tumbados en la hierba, 
        esperando que aclarara el día.

         Cuando el sol desplegó sus rayos, los viajeros caminaron a paso 
                  largo  y tras un corto camino, llegaron a una posada donde  
                  esperaban los cuatro caballos que Sereno había dejado listos para el                    regreso.  
         Montaron los animales y pudieron llegar pronto al reino.

         El servidor se encargó de guardarlos en una casa, antes de contar 
lo sucedido.  Fue entonces como el emperador se presentó después a la             corte, se arrodilló y pidió perdón a su pueblo.  
         Los habitantes lloraron y se inclinaron ante su señor y presentando 
        disculpas por su comportamiento egoísta, le aplaudieron.  
        El pueblo entero se postró ante la nueva esposa del emperador y 
         su señora madre, con la que mostraron preferencias y cuidados.       
        Aquella noche sonaron las trompetas, se abrieron las grandes puertas que rodeaban el lugar y hubo vino para todos.

 Desde entonces el reino renació, sus jardines tomaron nuevos colores  y      con el corazón amoroso, celebraron con juegos y cantos el regreso del joven gobernante.

     (Cuenta la historia, que pasados unos años Brisa 
     y Lucero de la Noche, tuvieron unos hermosos hijos 
     que poblaron de caricias y belleza el restaurado 
     reino). 

      Tomado e: CUENTOS Y OTROS ENSUEÑOS
      Claudia Patricia Arbeláez Henao
      Colombia




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