sábado, 11 de junio de 2016

LA VOZ QUE LE ARRANCÓ LOS OJOS




Despertó al amanecer y descubrió que todo estaba
más oscuro que de costumbre, se frotó los ojos,
miró de nuevo alrededor pero todo seguía  oscuro,
así que se levantó despacio de su cama,
pisó el suelo helado, caminó con cuidado por toda
 la habitación pero nada cambiaba aún. 
Quiso mirar tras la ventana, todo continuaba oscuro. 
La negritud se había tomado el tiempo y la geografía
de su gran mansión.

Tocó su cuerpo lentamente, lo recorrió con sus dedos
y las palmas de sus manos explorando como otras veces,
cada espacio de su fisonomía.  Nombró extremidades,
entradas y salidas, miembros, órganos, músculos y
huesos, así comenzaba a recordar cada forma,
antes ya había deambulado por sus propios caminos.

La luz del sol ya debería romper la mañana,
así que comenzó a buscar la salida de aquel lugar,
recorrió cada pasadizo y de la misma forma como
tanteó su ajado cuerpo, examinó cada pared mientras
descubría en ellas su inmensidad.  Aún si ver pudo
reconocer cada pedazo de cemento y el olor que lo
identificaba, la pintura, el ladrillo amarillo y
las flores que había cortado la noche anterior,
pues su permanencia eterna en aquel recinto era
suficiente para conocer la piedra y la tierra contenida
en aquella estructura, las texturas y los aromas.

Siempre disfrutaba saboreando cada baldosa que pisaba. 
Aquella noche no le fue difícil reconstruir la profundidad
de otros tiempos, pero seguía inquieto y desesperado
por no descifrar aquel misterio.

Atravesó las ramas de su jardín, la antesala, el comedor,
la cocina y los pantanos descolorios, pero todo dormía;
no existía el gesto tenue de una luz que quebrantara aquel
profundo silencio.

Volvió a su alcoba, buscó su lámpara de noche y la encendió,
pero nada era diferente.  La tristeza le empañó
los ojos y rodaron unas cuantas lágrimas por su cara. 
Por un momento recordó el lugar donde nacía la música
y quiso vestirse ella, así que caminó hasta la mesa y
dejó que las notas rodaran por su cuerpo esperando que
naciera la luz.

Caminó nuevamente pero esta vez hacia el espejo,
se dirigió al tocador palpando cada retoño de cal,
quiso verse reflejado, sin embargo no pudo hacerlo
aunque con su imaginación se lograra dibujar;
el hechizo se hacía más fuerte.

Esta vez pensó sí merecía la oscuridad que se entretejía
bajo su piel y después de un rato de silencio dirigió
sus ojos hacia la cama y aunque no viera nada, logró ubicar
el punto fijo de donde se había levantado.

Ahora lo recordaba todo, respiró con lentitud,
se acostó de nuevo y descansó.  Había abandonado
su mirada en un largo y ancho sueño con forma de mujer. 
Era comprensible, sus ojos se habían quedado atascados en
sus brazos y huían siguiendo la huella de la sirena que
invadía su vida nocturna.

Oscuro no era el día, sus ojos estaban por ahí ocupados,
quién sabe dónde, depositados tal vez en el pecho de una mujer.

Tomado de: SUEÑOS PARA UN BUEN DORMIR
Claudia Patricia Arbeláez Henao
Colombia





4 comentarios:

  1. ... Depositados tal vez en el pecho de una mujer.

    Que final!

    Lindo como una cancion

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    1. Gracias Hilario Esteban, es una bendición contar con tu presencia. Hasta pronto. Nos leemos.

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  2. Claudia, esto que has escrito es hermoso y conmovedor. Me ha gustado mucho tu relato. Un abrazo.

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    1. Gracias Balbina, es un honor para mí, que pienses así. Bendiciones.

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