Este era un andariego perseguido por su capacidad de soñar. Incansable, infatigable y amigo de la calle era el andariego, persistente, devorador de ilusiones. Preso de la asfáltica ciudad y abatido por la tristeza, decidió un día caminar por el mundo en busca de sueños. Así fue y eran tantos los sueños, grandes, pequeños, inalcanzables, fugaces, rebeldes y emotivos. Sueños de un día, de una tarde, producto de un beso o un abrazo, sueños que envolvían noches de dos en dos. Sueños pueriles, envejecidos, certeros, carentes de futuro, sobrellevando el pasado. Eran muchos los sueños; sueños de alcoba, de almohadas, de lechos frívolos y fríos, de cálidas sábanas, de cortas y largas infancias; sueños de hombres y mujeres, niños y ancianos, sueños que evocan recuerdos y a través de los cuales se tejen historias. ...